El Alto Naya ha sido una de las regiones más estigmatizadas de Colombia. Zona de confluencia de indígenas nasa y eperara-siapirara, de afrodescendientes (limita con el Consejo de Comunidades Negras del río Naya) y de colonos campesinos; el Naya fue escenario, en 1999 de una avanzada paramilitar masiva que conllevó a desapariciones, ejecuciones sumarias y a la tristemente famosa Masacre del Naya, por la cual sobre la comunidad recaen medidas cautelares de la Corte Interamericana de DD.HH. dada la probada responsabilidad del Estado colombiano en los hechos luctuosos. Es pues, una región de lucha y resistencia de los trabajadores de la tierra.
La Cordillera Occidental en su esplendor.
La hermosura del paraje es cautivante: en pocos kilómetros se pasa del ecosistema costero del Pacífico a una densa selva tropical húmeda, para posteriormente atravesar el telúrico bosque de niebla en alturas cercanas a los 2.600 metros sobre el nivel del mar. Trochas y veredas que hablan de muerte, de resistencia, de unidad y de memoria. El escenario perfecto para el deporte del pueblo.
Asistimos a una jornada de clásicos interveredales organizada por la Junta de Acción Comunal de una de las muchas veredas de este desconocido pedazo de país: doblete de clásico indígena entre Pitalito (la vereda local, que corresponde a la jurisd icción de Buenos Aires, Cauca), y La Mina (la vereda vecina, atravesando el río Naya, jurisdicción de Buenaventura, Valle del Cauca).
Primero, el partido femenino. Un juego bastante rápido, sin mucha técnica pero con ímpetu de sobra por parte de las visitantes, quienes con su réplica del uniforme de Racing Club pretendieron (y lograron efectivamente) un triunfo contundente. Gol tempranero e intentos repetidos de las albicelestes mineras les permitieron llevarse tres puntos (y una platica, que en el Naya el fútbol es apostando, valga la aclaración). Las chicas de La Mina ponían el doblete de clásicos de su parte y ponían a soñar a su afición (que caminó junto a su equipo unas dos horas por trocha para poder llegar a Pitalito) con seis puntos clasiqueros.
Las chicas en acción.
El mediocampo minero, definitivo en el triunfo en el clásico altonayero.
Sin embargo el clásico masculino no parecía traer tan buenos augurios para la comunidad ubicada al norte del río. Los pelaos de Pitalito salieron por un todo o nada y en un partido vibrante derrotaron 6 x 1 a La Mina, que ahora vestía un flamante uniforme del Cruz Azul mexicano.
La apuesta rpevia, una tradición del fútbol popular.
El árbitro es, al tiempo, juez y pagador.
El arquero minero, a pesar de lucir una hermosa réplica de la casaca jamaiquina, tuvo que tragarse media docena de goles locales, 4 de ellos por parte de Julián, una gran promesa del fútbol altonayero. Sin embargo, las figuras fueron El Mocho (literal) y Jhonny, dos carrileros de esos que ya no se ven en el fútbol profesional.
La conexión Kingston - Naya, apta sólo para rudies.
El balance final de la jornada, más allá de los resultados, es la demostración de que a pesar de la comercialización del fútbol moderno, el balón seguirá siendo un patrimonio de la gente y de las comunidades en resistencia.
Jhonny, héroes de la jornada, viste sus guayos La Macha - Croydon, el sponsor oficial de Pitalito.






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